Mayo 2015, ATOCHA
Aquel día, en la estación de trenes, ella se comía el tiempo y el enfado. Hasta que del otro lado de una puerta
apareció el hombre que era su contraparte. El abrazo no se hizo esperar. Y la
calma y la extrañeza de dos seres destinados al infinito fue fundiéndose a
medida que retomaban, juntos, el aliento.
Demasiado, me dije en silencio,
demasiado para ser verdad. Debía hallar en dónde estaba escondiéndose la locura
de este encuentro, en qué parte de mi historia estaba empezando a ganar
conocimiento sobre todo aquello que estaba incompleto y que me parecía que él
podía llenar. Completarme los vacíos pronominales y repletarme con su esencia...
No, era algo más que sus ojos verdes profundos, era más que su silencio
reinante, era algo más que su sarcasmo mal llevado y su boca que incitaba a
todos los desastres posibles para mí.
Había prometido que no volvería a defraudar a nadie, que dejaría de perseguir sueños
y que iba a sentar cabeza en un destino que no me era del todo convincente pero
que de algún modo representaba una gran opción para mí. Era lo que estaba
planeado, lo que estaba previsto.
Con alguno que otro escape a la mano, con alguna que otra propuesta de
salvavidas, me lancé directo al abismo que supone la incertidumbre, y empecé a
caer con los ojos cerrados teniendo la confianza de estar haciendo lo mejor
para un suicidio emocional sin precedentes.
No iba a detenerme, pensaba. En una
caída libre muy pocas cosas pueden suceder como para alterar el rumbo.
Pero allí estaba él. Como si lo hubiesen llamado para ser testigo de mi desastre, como si la única alternativa a mi nueva vida existiese entre sus brazos. Llegó como llegan los fracasos: con un golpe certero de vida, con un respirar inquieto, con un porte salvaje y altivo que jamás olvidaré. Llegó decidido a quedarse, a empujarme en su dirección...
Y yo, que iba sin un rumbo fijo camino al precipicio de los condenados, detuve el paso y volteé. Me gustó lo que leía. Y luego lo que veía. Y luego lo que escuchaba...
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