sábado, marzo 11, 2017

El europeísmo como un escudo para no sentir


Hoy me han dicho una de las cosas más desgarradoras pero ciertas, una de las cosas que probablemente hubiese querido evitar pero que era realmente necesario.

“Aquí no hay nadie que te tenga bajo su cuidado, nadie te va a cuidar, por lo tanto, cuando te toque echar a volar sola no vas a extrañar a nadie”.


Y es que cuando se trata de tener latidos, cuando se ha tratado de aferrarme a una verdad que me pudiera hacer sentir viva, nunca tuve reparos en aferrarme a aquello y aquellos que me forjaron, que me dieron razones y sentencias. Nunca he tenido miedo a extrañar porque quizá nací con una cierta melancolía que termina por teñir todas mis emociones.
Pero los entiendo. No puedo negar que de alguna manera entiendo que la gente prefiera tener esa sensación falsa de equilibrio, porque debajo de los recuerdos que no podemos tocar yacen heridas que tampoco saben sanar y ensucian, sí, de vida, todo ese trayecto que procuran tener “ordenado” a diario…